jueves, 2 de mayo de 2013

Era abril pero el frío de esos días era como una cuchilla ante un cristal, agrietaba pero no dolía, el viento recordaba a los  lánguidos días de febrero, que en el fondo todo el mundo adora, los rayos del Sol incidían con ganas de romper la barrera de la melancolía del ambiente, aunque todo esto desapareció cuando ella bajó del coche parecía como si el viento tuviera algún tipo de regla y se frenara ante su presencia, como si los días, años, alegrías y tristezas fueran más manejables a su alcance y por lo tanto más sosegados. Volvía, siempre lo hacía, era un prado verde, no un verde especialmente brillante ni apagado, era más bien limpio y nítido, un césped que clama un cuerpo tendido sobre el. Era allí donde pensaba que acaba todo, se apoyaba en la valla de madera  y miraba al horizonte, la línea recta que le hacía pestañear por el reflejo del Sol, esperaba que en cualquier momento aparecieran, a veces incluso veía el movimiento del vestido blanco de su madre que se ponía cuando iba a la playa, parecía distinguir a su padre decir su nombre con su voz alta, clara y pura.


La fantasía no iba más allá, no dejaba que sus pensamientos le hicieran más daño. Siempre decía que acabaría allí, que todos los momentos buenos estaban en ese prado, era allí donde el Sol brillaba más y que cuando ella no estuviera, se iría con sus padres allí. Cada vez que conducía de camino, se mentalizaba de que aparecerían, de que no haría falta volver a recordarlos porque la estaban esperando, se repetía que ella solo veía hasta el horizonte y nada más, es cuando se dio cuenta de que les echaba de menos y si ella no les recordaba ¿Quién lo iba a hacer?

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